#34

Entiendo todas esas razones que te llevaron a decir ‘basta’.

Pero no, no es suficiente.

No valoras, no entiendes y no superas aquello que te lleva en sentido contrario.

Corre, no sea que te alcance el ser feliz

y no seas capaz de manejar la situación.

Huye, sube a la montaña, hazte ermitaño.

Tírate del risco más alto y vuelve indemne,

como si no hubiera pasado nada.

Como si no tuvieras rotos los huesos de las costillas.

Total, tampoco encierran nada que quieras cuidar.

Vete, pero con la condición de no mirar atrás

sabiendo que por los caminos del mar no se deja huella.

Y yo,

Yo que siempre fui tierra,

ahora soy más agua que nunca.

Retrat-arte

La que refunfuña a todas horas y quiere y odia a partes iguales. La que besa fuerte y con los ojos cerrados por miedo a que se le vean las intenciones en las pupilas. La que hace las cosas atropelladas y casi siempre va tropezando de un sitio a otro. Aquella que trabaja poco y mal, pero como alguien le dijo, también la que es capaz de venderle unas gafas a un ciego. La que no se aguanta las ganas y no controla lo que dice, la que pasa de filtrar una y otra vez sus pensamientos.

Aquella niña que juega a ser independiente aunque sabe perfectamente que no sobreviviría dos días sola. La tonta que da consejos y no los sigue porque prefiere dejarse llevar y vaya una tontería porque al final siempre termina haciendo cosas que no están en su decálogo de pensamientos principales. La que no le gusta desayunar y siempre deja un poco de comida en el plato. La que no soporta que nadie le diga cómo tiene que hacer las cosas pero que, al final, acaba aceptando y dándole la razón a aquellos que le ayudaron.

El sol le gusta tanto como la cerveza y la lluvia la pone realmente triste porque odia mojarse los pies si no es en una playa. La música a toda voz aunque sea una lenta, cantar no sabe ni le interesa al igual que bailar, que lo hace simplemente porque le divierte (aunque a veces parece una maniquí medio roto).

Esa es ella. La que se arriesga, la que apuesta y la que pierde continuamente. La que no olvida a nadie que haya pasado por su vida. La que, el día que menos te lo esperas, vuelve y te dice que necesita tomar un café, que el día está raro y que el mundo es una mierda pero que ese café puede salvar(nos). La que tiene su nombre por bandera y no para de pensar que el tiempo pone a cada uno en su sitio.

Esa es ella y la veo algunas veces asomada en un marco de reflejos continuos. Y me mira con sus ojos pequeños, su nariz redonda y sus labios carnosos. Me mira con esos pelos de sombrerero loco y pienso que está loca y un poco perdida. Que se agarra a un hierro ardiendo por tal de no caer en la rutina del no-sentir-nada.  Esa es ella y así quiero que siga siendo. Así la quiero y así (me) quiero.

Mirarte de frente.

Decirte tantas cosas que llevo un tiempo tejiendo entre dientes. Decirte que siento ser esa niña que se ríe de los sentimientos de los otros, que no ve más allá de la punta de sus zapatos y que el mundo le parece algo más digno de ser un chiste que una verdad.

Decirte que siento buscarte, que siento lanzarme sin más contra ti (una y otra vez), como la que no tiene nada que perder cuando, en realidad, en cada caída pierdo un poco de mí misma. Siento ser la que te manda el mensaje equivocado en el momento inoportuno. Digamos que no solo nací sin reloj porque siempre llego tarde, también lo hice porque no me importa cuál es el tiempo idóneo.

Es verdad que debería mirar un poco más las señales, dejar de creer que todo me va a salir bien por el simple hecho de que lo hago porque quiero. Debería pararme a pensar si es verdad que todas esas elecciones tienen como finalidad tener algo que contar o si verdaderamente estoy llenando mi vida de estupideces por el simple hecho de sentir que no estoy vacía. No lo sé.

Últimamente no sé si me compensa el haberme creado un muro contra los afectos. No sé si me compensa el hecho de saber cómo seguir actuando pase lo que pase. Antes era mucho más visceral. En otro momento habría llorado y maldecido mil veces haberme encontrado contigo. Pero ahora no, ahora me río, miro hacia otro lado y creo que por eso soy más fuerte (cuando lo único que soy es más falsa).

Sé que me has tocado, que me has rozado esa parte de mí que hacía tiempo que nadie se entretenía en mirar. No sé si lo has hecho con intención o no (seguramente no) pero lo has hecho, y la prueba es que ando aquí, escribiéndote, como si te fueras a parar a leerme.

Que te maldigo, porque lo hayas conseguido.

Pero te lo agradezco, porque me has devuelto una parte perdida de mí.

Y es que nos debemos tantas cosas…

El último grano de arena de ese reloj que nos vigila,

dos besos menos uno que le debo al tiempo por los intereses no demostrados,

Tres cartas para jugártelas a la más alta de tu vida.

Nos debemos la mirada perdida entre la gente,

un roce de manos,

siete abrazos (uno por cada día de la semana que no tuvimos).

El escalón que siempre falta, la sonrisa a media luz.

Una luna que esté, una noche para salir

y un puñado más de arena para aquel reloj.

Nos debemos los hielos de la última copa,

la pulsera que olvidé.

Nos faltan tres taxis, dos trenes y un avión de papel.

El no llegar siempre tarde; el estar siempre esperando.

El semáforo en rojo que me deja mirarte un segundo más,

y el mar, y las nubes,

ese pájaro gracioso que hace loopings en el cielo,

y el cielo.

Y un café para despertarnos

y una ducha para volver cada uno a su vida sin pedir nada más,

dejando todas estas deudas otra vez sin pagar.

Ellos. Ellas. Sí.

Me gustan las personas que se ríen. Sí. Esas que van por la calle, con sus cascos, sonriendo a no sé qué: quizá a una nota de voz de una amiga, quizá a la canción que le recuerda aquella noche de locura o quizá solamente sonríe porque el chico de delante la ha mirado de reojo (yo también lo he visto) y de repente se ha puesto colorada.

Sí. Me gusta la gente que lee en los trenes, los que miran el móvil atontados o los que cuentan sus experiencias sexuales en viva voz (y que se entere quién se tenga que enterar). Me gusta la  gente que habla de sus relaciones, que intentan explicarle al otro el por qué si o  el por qué no de X cuestión. Me gusta la gente que habla de sexo, que no se esconde, que pregunta y que responde (que le suda un poco aquello del qué dirán).

Me gusta la gente que conquista y que se deja conquistar. La gente que reconoce sus errores (pero también sus aciertos) y también aquellas personas que pretenden y se esfuerzan por llevarse bien con el resto. Aquellas que, sin saber cómo, se ganan a los demás.

La gente que se deja sorprender me fascina. Esa que te deja sin palabras en una conversación, que te encandila y que te provoca unas inmensas ganas de escribir (y sí, tú también lo haces). Esas personas que inspiran. Sin embargo, también me gustan las calladas, las que pueden pegarse horas y horas (y horas, y horas…) escuchando y atendiendo a quien tiene al lado. Esas personas que sin dejar de poner cara de sorpresa, siguen queriendo todos los detalles. Esas son las que al final, te conocen tan bien que antes de que puedas darte cuenta tu mismo de que vas a estallar, están ahí para soportarte.

Me gustan las personas que abrazan y que son capaces de entender cuánta falta te hacía esa caricia oportuna. Me gusta la gente que no lleva la lección aprendida, que no intenta caer bien, que son autosuficientes. Me gusta la gente que tiene un par de narices y se enfrenta a todo. Los que dan consejo sin que se les pida .

Me encanta la gente que tiene ganas de vivir (algo extraño en estos tiempos, pero muy necesario). Aquellas que entran como tormenta por Huelva desordenando y poniendo patas arriba tu vida. Aquellas que te llenan de sonrisas. Me gusta la gente que no tiene miedo a dar un paso adelante, ni un paso atrás (siempre que sea necesario). La gente que quiere que los demás estén bien e incluso se sienten en la obligación de hacer de este mundo un sitio mejor.

Y sí, sí, sí, me gustan esos que hacen bromas de todo y se ríen de ellos mismos los primeros. Los que arman un jaleo y una fiesta con poco. Los que solo necesitan la compañía adecuada para estar en casa: me gustan esas personas que saben ser hogares.

No nos damos cuenta de lo fundamental que es rodearse de  gente positiva, de energía, de salvavidas con patas. Qué importante es apreciar lo que tenemos al lado y qué bueno la gente que sabe hacerlo: la gente que sabe dar a cada uno su espacio, por pequeño o por grande, por imprescindible que sea.

Nivaria

Me quitaste una hora y yo volví a abandonar todos los relojes.

Me enseñaste una vez más, que quien quiere puede y quien busca, encuentra

– aunque no siempre aquello por lo que salió-.

Que se pueden coger aviones solo por estar un día más compartiendo risas,

que para eso solo hay que querer.

Que las excusas siempre están ahí y que quien quiere las utiliza.

Que el mundo regala momentos inolvidables

si sabes estar en el tiempo y el lugar concreto.

Que los planes son cosas del pasado porque viene una ola,

y se lleva las agendas.

Me enseñaste a perderme, a sentir que no se puede subir más alto,

a dejarme mecer por tu viento que traspasa,

a mirar alrededor y sentirme grande.

Me hiciste pequeña y me acunaste.

Volviste a mostrarme las caras de la luna y las mareas al compás.

Un fondo cristalino de agua limpia me atravesó y me hizo ser un poco mejor.

Tu sal volvió a entrar en mis ojos haciéndolos más limpio

y me hizo llorar -de alegría, de tristeza, de añoranza-.

 

No sabes cuánto te agradezco que volvieras a enseñarme que tengo un hogar,

dónde quiera que estén las personas que me quieren.

 

Mi pequeña isla, te quiero.

Leer en caso de incendio

Y mientras no ardas, no tendrás que leerlo pero…

Si te dice que no, quizá sea porque no la miraste con la profundidad del mar que encierran tus ojos o porque no atrapaste su mano entre las tuyas, suaves y tiernas, y le prometiste que todo iría bien. Porque no la abrazaste y besaste su frente intentando borrar todos sus miedos. Quizá porque no olvidó todo lo que tenía tras sus espaldas, porque le importó demasiado todo lo que tenía por delante.

Si te dice que no, será porque no convertiste sus noches de otoño en pleno verano, porque no provocaste una ciclogénesis explosiva al acercarte a sus labios. Porque no vivió un dejà vu continuo contigo.

Si es no su respuesta, puede que sea porque siempre te tuvo y nunca te buscó, porque no tuvo que plantearse qué es lo que te hace así, qué es lo que te hace inolvidable, porque básicamente nunca tuvo que proponerse olvidarte.

Podría entender que te dijese que no porque nunca has sido un misterio para ella, porque siempre ha sabido que intención se encontraban detrás de tus palabras. Quizá porque no ha tenido que convencerse a sí misma que no siempre hablas de ella o quizá porque sabe que siempre lo haces.

Quizá y sólo quizá puede que sea porque nunca la miraste a los ojos diciéndole un sentido “te odio”.  O puede que únicamente te diga que no porque es ella y no yo.